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Pero era el Inquisidor.
Nunca había procurado saña en
sus obligados autos de fe, y a pesar de su cargo no era sanguinario, ni cruel.
Procuraba la clemencia. Era un hombre de letras dedicado a sus escritos. Pero
era el Inquisidor.
Pedro de Arbués había nacido en
Epila y, tras estudiar en la Universidad de Zaragoza, ingresó en 1469 en
el Colegio Mayor de San Clemente de Bolonia. Fue catedrático de filosofía
moral en la Universidad de aquella ciudad italiana. En 1474 fue elegido canónigo
de La Seo de Zaragoza y en 1484 primer Inquisidor de Aragón por delegación
del Inquisidor General
Torquemada.
Eran tiempos revueltos. En Aragón, el
Santo
Oficio de la Inquisición no fue bien recibido. No sólo por
parte de los influyentes conversos, que con razón lo temieron, sino por
otros sectores de la población aragonesa que veían en la
institución una grave injerencia en contra de las libertades y los
Fueros
del Reino. Y fue bien cierto que, desde la instauración del Tribunal,
Zaragoza cambió: aumentaron las denuncias, los procesos, las torturas.
Se confiscaban los bienes, las haciendas, la libertad...
La conspiración parece que fue
encabezada por algunas de las más importantes familias de conversos: los
Sánchez, los Montesa, los Paternoy, los Santángel. Pensaron que la
muerte de Pedro de Arbués sería la mejor advertencia sobre la
animadversión existente hacia el Tribunal de la Inquisición. Se
equivocaron.
Los confabulados esta vez no fallaron. Ya lo
habían intentando otras dos ocasiones anteriores sin conseguirlo: una en
la propia estancia del joven canónigo y otra ya en el mismo templo de La
Seo, donde por fin sucumbiría. Pedro de Arbués sabía lo que
tarde o temprano le esperaba. Así lo comentaban sus allegados. Esa noche
del 14 de septiembre la cuadrilla de maleantes contratados por los conjurados
penetró en el templo, protegidos por la oscuridad, disimulados por las
sombras irrelaes de los velones. Con rapidez y desde la puerta grande de la
Pabostría a los pies de la iglesia y otra lateral llegaron junto al coro,
donde Pedro el Inquisidor oraba. Acabaron con él de dos puñaladas
en la garganta y en el brazo.
La indignación y el miedo cundió
debidamente azuzados. La ciudad se levantó contra las minorías
religiosas, y en especial contra los conversos. La Inquisición afianzó
su poder y sucesivos autos de fe dieron cuenta de los responsables: dice
Zurita que hubo "nueve ejecutados, en persona,
aparte de dos suicidios, trece quemados en estatua y cuatro castigados por
complicidad".
San Pedro de Arbués fue canonizado por
Pío IX el 29 de junio de 1867.
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